dijous, 27 d’octubre de 2016

Raymond Carver (2014), Tres rosas amarillas. Barcelona: Anagrama. 1989


No tenemos enmienda. 

Tropezamos siempre en la misma piedra y no descubrimos las trampas de la vida hasta que no hay lugar para darse la vuelta y escapar.

Quien es una ave migratoria, como la madre del relato “Cajas”, seguirá fiel a su destino y dejará su familia para volar.

Un teléfono suena en la noche y el habitante del apartamento se angustia como si fuera un aviso de la muerte, “como si hubiera cruzado alguna suerte de línea invisible” o como si se hubiera topado con el anterior inquilino que durmió en aquella cama, quienquiera que fuese.

La visita a la ex se convierte en una ansiada pesadilla y en materia literaria ¿Hasta dónde llega el derecho a la intimidad?

Si siempre hemos olvidado a los nuestros, continuamos así. Si anduvimos en su ayuda, continuamos haciéndolo como un coche a toda marcha y “a velocidad de vértigo.”
No nos habíamos percatado de que “tomar esposa es dotarse de una historia” y, cuando el cuento termina somos como “caballos en la niebla.”


Afortunadamente, Carver sabe que hay detalles que nos pueden ayudar a escapar de este destino fatal y que permiten evadirnos de la rueda de la fortuna. Detalles bellos que rubrican nuestros actos, que nos acompañan y consuelan: las hojas secas, la lectura y las tres rosas amarillas en homenaje a Chejov.



¡Magistral, Carver!