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diumenge, 8 de febrer del 2026

David Uclés (2025) La península de las casas vacías. Madrid: Siruela (Nuevos Tiempos)


Sorprendente, adictiva, original, exagerada, aterradora, delicada, emocionante, vigorosa y rabiosamente actual: un friso de la Guerra Civil. 

Cada escena es un mural con vida propia y la unidad del conjunto está asegurada porque sabemos desde el inicio que el objetivo es relatar cómo La Guerra se traga a la saga de los Ardolento. Lo que no se nos dice es que en ellos reconocemos a nuestros antepasados y revivimos las historias familiares que nos han trasmitido.

Revivimos y reinterpretamos gracias a un texto que cumple la función de la literatura de ir más allá de la historia y gracias a un estilo que estira con maestría el sentido de las palabras para entrar en el territorio del sueño, incluso del delirio, y rasgar el velo de la realidad objetiva.

De la misma manera que en el título de muchos capítulos encontramos unidos dos elementos dispares que nos fuerzan a realizar el salto metafórico —El luto y los huesos de cereza, Las cabañuelas y el garbanzo, El caballo de cartón y las acelgas, el conjunto de la narración establece analogías que nos hacen contemplar la contienda con ojos nuevos y proyectar lo revivido hacia el futuro. Abundan los símbolos telúricos y no solo en los magistrales «Augurios»: la lluvia incesante, los dedos arrugados del cielo, la tierra que siente la pisada de los extraños, las balas de paja que sangran, las acelgas que crecen a destajo anunciando la guerra, la erupción de los volcanes, el descenso a los infiernos…. 

Pero estas señales, en ocasiones apocalípticas, se alternan con detalles cotidianos que nos las hacen nuestras como la lista de recetas con acelgas de Trini. 



Sí, estamos ante una nueva versión del realismo mágico que, al tratarse de una novela coral con un pueblo y una saga como centro, nos evoca Cien años de soledad, pero múltiples ecos de la literatura de la Edad de Plata resuenan en las imágenes de Uclés:

«Gabriel, el único rubio de toda la región, a quien se reflejaban en la cabellera las constelaciones en las noches de poca luna.» 

Los milicianos… «disparan con un fusil translúcido, un arma cargada con bayas de muérdago que, dentro del cuerpo, hacían que a la víctima se le fuera transparentando la piel, los tejidos, los huesos, los órganos... desaparecía, quedaba como un espectro. Espectador invisible en el mundo de los vivos.» 


 
Sin embargo, esto no es todo y el propio narrador nos advierte que da cuenta de escenas surrealistas que sucedieron realmente y de hechos contrastados que parecen realismo mágico: carlistas que lanzaban granadas pasando el rosario, troncos con explosivos que se hacían bajar por el río, tras abrir las compuertas de los pantanos para destruir pasarelas, o la fuente de Neptuno protegida por una caseta de madera en la que se escribió: «O me dais de comer o me quitáis el tenedor.» 

Incluso la tipografía y los signos de puntuación se aprovechan para ir más allá: el inexistente capítulo nonagésimo sexto es testimonio de la censura franquista, los puntos de la página 523 son tiros de gracia a los vencidos y fusilados…

Y ya fuera del texto, el narrador propone «al lector paciente» escuchar la banda sonora de su novela, la que le ha acompañado en la escritura y que nos lleva por ejemplo a «un bello canto íbero soplado desde el otro lado del océano.» El Adagio del Concierto de Aranjuez interpretado por Miles Davis: la música es la quinta dimensión del texto. 

Nos sentimos bien acompañados por este narrador a veces cervantino y, en otras, unamunesco, un tipo que simula que hace lo que le da la gana cuando lo que realmente escribe es lo que conviene a su historia: 

«En el reino maleable de la literatura, he querido darle una hija.» 

Una voz que sentimos cercana, que toma distancia irónica y de la cual los personajes pueden discrepar: 

«No creo que algo tan personal como el nombre deba depender más del narrador que de uno mismo. Llamadme Pablo.» 

«No ves que el narrador está contra la fiesta» 

Un narrador que encarga al pintor Zabaleta la portada del libro y que se incorpora a la historia como un personaje más. 

«De aquella noche nací yo; bueno, mi abuelo materno, Luis. 
 Y de él lo haría mi madre, Nines. 
Y de ella, yo.» 

La sombra de Unamuno es alargada y el demiurgo que lleva la voz cantante sospecha que algunos personajes piensan que «esta novela tiene rasgos de nivola». 

Encuentro la cumbre de la relación del que mueve los hilos con sus personajes en la conversación del reclinatorio a la que Franco acude tras recibir esta misiva: 

«Soy el narrador de esta historia. Estaré toda la noche delante del Conde de Orgaz. Le estaré esperando, por si quiere venir a conversar conmigo.» 

Al llegar al final, un diálogo resuena en mi memoria, uno de los más vivos, improbables y directos de la novela y se me antoja apostillarlo. 

«—¿E Iberia dónde está? 
—Iberia está aquí. 
—¿En el campo? 
—¡Claro! Iberia somos todos. 
—¿No es una ciudad? 
—No. Es el nombre de un país. 
—¿Y dónde está este país? 
—En todas partes. 
—¿Cómo Dios?» 

 O como El Narrador. 

He necesitado tiempo para asimilar la lectura de La península de las casas vacías y, mientras tanto, David Uclés, tras recibir el premio Nadal, ya tiene otra novela en las librerías. Leeré sin prisas La ciudad de las luces muertas para que el eco de La península se debilite: 
es un reto publicar el año siguiente de una obra magna, un Guernika literario.



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