Una de ellas es la verdadera protagonista de Albión, una hacienda magnífica en su decadencia de 400 hectáreas de extensión y una mansión clásica de dos alas con su modulo central enmarcado por columnas inspiradas en no sabemos cual de los templos de Paestum: un casoplón.
Frannie acaba de heredar esta compleja propiedad familiar anclada en el pasado y su objetivo es ponerla al día con su proyecto Albión que aspira a lograr una finca renaturalizada y a la vez rentable que se reinvidique como ecológica.
Es un reto, porque es difícil conseguir el equilibirio entre pasado y futuro, entre las aspiraciones del resto de la extensa familia en la que se incluyen algunos amigos y el liderazgo de la nueva propietaria, entre la pseudoliberación de las drogas y la sensatez de mantener los pies en el suelo, entre los intereses económicos familiares y el elevado coste que heredar tal mansión comporta.
Multitud de historias se entrelazan alrededor de este entorno que puede parecer idílico. Así me gusta, porque el tema es rico y la bien construida trama nos lleva de la mano a conocer el enigma que la finca esconde.
No lo manifestaré, solo diré que el título ya lo apunta:
«Albión es como se llamaba Inglaterra en el pasado. La Inglaterra de la fauna de antiguamente, las martas, las ratas de agua y los castores, y en Albión la gente se portaba bien con los demás y había gigantes. Y es el pasado pero podría ser también el futuro.»
Puede ser la Inglaterra que quieren los que han votado al lider del Brexit, pero para mi Albión está unida al epíteto pérfida acuñado y popularizado por los franceses del siglo XVIII y que hace referencia a su poco fiable política exterior.
Aquí encontraremos un ejemplo de esa Albión perversa.
Sí que me detendré, como es mi costumbre, en analizar las metáforas brillantes y sugestivas que en esta novela están puestas al servicio del tema y, en particular, a captar la oposición entre la injusticia perenne de la maldad y la belleza inconmensurable de la naturaleza.
La protagonista se despierta y escucha el trino de un pájaro:
«el canto esculpe el aire creando formas extrañas»
Fannie sabe que:
«su historia y la del pájaro están entretejidas, pues si ella no hubiera mandado talar las coníferas, si no hubiera dejado que entrase la luz en estas hectáreas, no habrían crecido estos cúmulos de mimbrera y espino, estos refugios que brindan ahora seguridad a un pajarillo marrón, tan amenazado en este país que las áreas de reproducción de la región pueden contarse con los dedos.»
Pero aunque habitualmente no tiende a la soledad, desde la muerte de su padre:
«...percibe su negro y discreto tironeo, una sensación que repta como el moho en el alicatado de la cocina. Soledad y cansancio.»
Mientras escucha cantos de sirena:
«Como uno de esos poemas pastorales en los que el ciervo estira el cuello para recibir la espada, en los que el cangrejo salta del lago y la oveja ofrece mansamente sus ubres hinchadas para el ordeño.»
Mientras en sus tierras hoy las ovejas pastan entre paneles solares de forma que el paisaje:
«Parece un cruce entre Constable y Telsa»
Se me ocurre que, quizas, todo se reduzca a imitar la tarea de los arrendajos que han plantado la mayoría de robles de la hacienda:
«En otoño cogen bellotas, miles de bellotas, y las entierran para comérselas durante el invierno y la primavera. Pero entierran tantas que algunas se les olvidan, y esas bellotas olvidadas se vuelven árboles. »
En fin, una novela bien sembrada.










