dimarts, 19 de maig de 2015

Jhumpa Lahiri (2004), El buen nombre. Barcelona: Emecé (Lingua Franca). Club de Lectura de la Biblioteca de Can Manyer. Vilassar de Dalt



Adaptarse al nombre que nos ponen al nacer puede resultar tan complejo como adaptarse a los zapatos de otra persona, tal como intenta Ashima, la madre del protagonista, al calzarse los del que será su marido, Ashoke, justo antes de conocerlo.

"Ashima, incapaz de resistir un impulso repentino e imperioso, se puso aquellos zapatos. Los restos de sudor de su propietario se mezclaron con los suyos y su corazón empezó a latir con fuerza; aquello era lo más parecido al tacto de un hombre que había experimentado nunca." (P. 18)

Recién casada con aquel desconocido empezará una nueva vida en USA y, lejos de su Calcuta natal, juntos vivirán la difícil adaptación a nuevas costumbres que moldearán poco a poco sus tradiciones.

De todas estas complejidades trata con trabajada sencillez El buen nombre,  una novela redonda que empieza y acaba con la lectura de un relato que absorbe y que da sentido a la vida, tanto que el nombre de su autor será el que Ashoke escoja para su hijo: Gogol.

Identificarse con este nombre raro, es tan difícil como convivir con la pareja o como asimilar y sintetizar culturas distintas. Al protagonista le cuesta un tercio de su vida y, al final, se intuye que cuando termine de leer El Capote de Gogol, por fin, puede ser que le suceda como a su padre y se produzca la magia de la literatura que arroja: " luz sobre todo lo irracional, sobre todo lo inevitable que hay en el mundo." (P. 24)

El protagonista de El Capote tiene también dificultad para que se le asigne un nombre y termina con el mismo que su padre: Akakii. Parece que los nombres de los padres de Gogol, también con A inicial, evoquen al desgraciado Akakii. Sutilidades. Entre ambas historias existe una relación delicada y compleja, como la escritura de Lahiri.



El universo simbólico de El buen nombre es peculiar. Al principio, los ritos y las tradiciones tienen mucha presencia y van cediendo el paso a mesuradas metáforas y comparaciones que adquieren más visibilidad al final.

La plasmación de los estados de ánimo, por ejemplo, da ocasión a paralelismos complejos e interesantes:

Gogol se alegra de retener facilmente las imágenes de Maushumi:

"como si acabara de descubrir un talento innato para un deporte al que nunca hubiera jugado"
 (P. 201)

y cuando pierde a su esposa se siente:

"como si un edificio en cuya construcción hubiera participado se hubiera derrumbado 
delante de todo el mundo." (P. 291)

De entre todas, me quedo con la reflexión de Ashima cuando estaba embarazada de Gogol:

"ser extranjera es una especie de embarazo permanente." (P. 60)