dimecres, 9 d’octubre de 2019

Gemma Sardà (2019), Mudances. Barcelona: Comanegra


Gemma Sardà (2019), Mudances. Barcelona: Comanegra




La paraula té ritme i sembla que balli al ritme de la musicalitat de les vocals: des del so bilabial nasal que obre camí al sibilant que el tanca. És un mot gustós de dir: MU-DAN-CES amb la tònica al mig: MUDANCES, MUDANCES. Un bon títol.

Qui no s’ha mogut o traslladat de casa, de poble o de país, amb maletes o sense. Fins i tot ens em mudat de pell, de cèl·lules i de pensaments.

MUDANCES. Paraula justa per presentar aquest joc d’enginy que ens proposa Gemma Sarda.

No diré més del que ja s’ha dit de la prosa fluida, exacta i personal de l’autora. Em limitaré a mostrar com va per feina, com juga amb l’evocació del títol i com aconsegueix despertar la simbologia dels canvis successius dels personatges, en especial de la protagonista.

«La Lina als deu anys es va buscar un nom nou on arrecerar-se i allà va començar a fer la motxilla» (P. 37)
«Soc jo però amb una altra closca» (P. 37)

A partir d'aquí, tot canvia, tot és fluid i variable, tot dona tombs com un mòbil de Calder, perquè en el fons aquestes pàgines ens parlen de les paradoxes de la vida i, alhora també, de la ficció com a mirall i com a escut: aquí tot és novel·la.


dimecres, 2 d’octubre de 2019

Daniel Mendelson (2019) Una odisea. Un padre, un hijo, una epopeya. Barcelona: Seix Barral



La épica de toda la vida encarnada en lo cotidiano. La aventura particular de quien escribe, el viaje de quien lee. El valor de los clásicos que no regresan, sino que siempre están aquí porque son parte de nuestra naturaleza humana.

Me fascina la odisea de convertir una clase en una aventura vital que, anclada en el presente, busca las raíces y se proyecta hacia el futuro donde nos espera Ítaca eternamente. Este libro también es el diario de un docente y tiene mis respetos de vieja profesora.

Otra fascinación es el lenguaje: la precisión filológica con que desvela ricas etimologías que, en muchos casos encierran metáforas: el regreso o nostos en el que se arraiga la nostalgia, el dolor que identifica y caracteriza tanto a Ulises como  al padre del escritor, el homophroynê o coincidencia de pareceres que une a través del espacio y el tiempo a marido y mujer…

No sólo son las palabras las que nos desvelan realidades complejas, sino la estructura de la lengua que siguiendo al maestro Wolff moldea el pensamiento:

«Era como si el implacable rigor de la gramática… hubiera sido una armadura que me protegía de cosas menos fáciles de clasificar y ordenar.»

Subyace al texto la red de relaciones entre maestros y discípulos, entre padres e hijos. La analogía se expresa claramente:

«La buena enseñanza es como la buena paternidad.»

Andamos escasos de modelos de paternidad y doy la bienvenida a esta declaración.

Se trata de transmitir la necesidad de centrarse en el viaje y de procurarse una mochila de bellas historias de palabras aladas que nos acompañen en el camino como una buen viático o aprovisionamiento que nos ayuda para alcanzar, en paz, el final ineludible. Con suerte, el término de cada odisea particular e intransferible quedará marcado por nuestra leve huella.

Homero, Obras Completas. Traducción de Luis Segalá. Barcelona: Montaner y Simón. 1927
Homero, Odisea. Edición de José Luis Calvo. Madrid: Cátedra. 1988 




dijous, 26 de setembre de 2019

John Banville (2019), El mar. Barcelona: Penguin Random House (Alfaguara) Traducción de Damià Alou 2006




El principio parece una obertura operística que describe la pleamar del día que los dioses desaparecieron de la vida del protagonista y me trae a la memoria los versos de Paul Valery.

Ce toit tranquille, où marchent des colombes,
Entre les pins palpite, entre les tombes;
Midi le juste y compose de feux
La mer, la mer, toujours recommencée!

Durante todo el relato no perderemos de vista el mar que acompaña con su presencia inquietante y atractiva el palpitante río de la vida, mientras que la trama se teje con un vaivén semejante al de las olas y, poco a poco, dibuja el panorama completo de las ausencias que marcan la vida de Max Morden, el protagonista y narrador.

No sé cuántas veces el texto recrea la llegada de las olas a la orilla de la playa, pero si que en cada ocasión lo hace de una manera diferente y adecuada a la emoción del momento, como en este caso justo antes de la muerte de la esposa, cuando ella ya le ha dicho que se ha detenido el tiempo.

«… ni un soplo de brisa movía la superficie del mar, en cuya orilla las pequeñas olas rompían en una línea apática, una y otra vez, como un dobladillo vuelto infinitamente por una costurera soñolienta.» P.201.

Se trata de unas relaciones sutiles, de pequeñeces que no son gratuitas; porque la orilla del mar es la que separa la vida de la muerte.

Otros detalles también tienen sentido como las frutas perfectas de la casa del suegro que revelan un rasgo definitorio del ambiente familiar: irreal-real. Por lo tanto, debo acoplar la lectura a la densidad de este mar profundo de escritura. 

Me fijo en los nombres propios cuando encuentro el juego de palabras con el doctor De’Ath y la palabra muerte en inglés: Death. Por ello sospecho que el nombre de Chloe, tan frecuente en Irlanda, no es casual sino que nos remite al descubrimiento del erotismo, con sus claroscuros, como es el caso aquí y en Dafnis y Cloe de Longo.

Pierre Bonnard, La dama con el perrro en el baño


Por otra parte, el arte condiciona la mirada del narrador que contempla la realidad como crítico, aunque diga que es diletante. De este modo, la mano de la esposa enferma se parece a la de la mujer del Desnudo en la bañera con perro de Bonnard, y la señora Grace está en la misma posición que la lechera de Vermeer. Pero esto no es todo porque la sensación de irrealidad de la tragedia también está contemplada desde este mismo ángulo:

«Todo lo que siguió a continuación lo veo en miniatura, en una especie de camafeo, o en una de esas imágenes panorámicas, vistas desde arriba, en las que los pintores clásicos, en un lugar que no era el centro exacto, representaban la escena de un drama con detalles tan ínfimos que apenas se notaban entre las extensiones azules y doradas del mar y el cielo» P. 186-187.

Me pregunto si esta sensación es la que ha querido plasmar en esta novela de duelo, pero también de preparación para la muerte.

Y aquí aparece la idea de que la creación sea literaria o artística, si lo he entendido bien,  es a la vez un exorcismo y una pequeña muerte que ilumina el camino de la definitiva y lo prepara. Quien crea, nunca acaba su obra, sólo la abandona, como decía Paul Valery y nos recuerda el narrador. Y mientras trabaja puede experimentar unas sensaciones de éxtasis que son como pequeñas muertes:

«… en mi escritorio, inmerso en las palabras, por mediocres que estas puedan ser, pues el mediocre está a veces inspirado, había sentido cómo rompía la membrana de la mera conciencia para acceder a otro estado, uno que no tenía nombre, en el que las leyes ordinarias no actuaban, donde el tiempo se movía de manera diferente, si es que se movía, donde yo no estaba ni vivo ni lo otro, y sin embargo mas vívidamente presente de lo que podía estar en lo que llamamos, porque debemos, el mundo real. (…) A lo mejor todo lo que nos ocurre en la vida no es más que una larga preparación para abandonarla» P. 79.

Este relato me prepara para adentrarme, acompañada de la belleza, en el mar.

dijous, 12 de setembre de 2019

Paolo Cognetti (2018) Las ocho montañas. Barcelona: Random House. Traducción de César Palma



El protagonista siente fascinación por la montaña, pero logra mantener una distancia que le permite no dejarse atrapar por ella: será el documentalista que narre la cara y la cruz de la experiencia de estar cara a cara con la naturaleza.

Al principio del camino todo es excitación y euforia:

«el sol de la mañana en las piernas desnudas me ponía la piel de gallina.».

 Después, se establece:

“una relación íntima y muda con el cansancio.»

 Y, en la cumbre, nos encontramos con el glaciar que:

 “es la memoria de los anteriores inviernos que la montaña cuida por nosotros.»


Allí se experimenta el imán de las alturas, la tentación de no volver a bajar que si has nacido para ser montañés, es muy intensa porque llega un momento en que sabe que se pertenece al mundo de las alturas:

«…una sensación de intimidad que, al mismo tiempo, me atraía y me asustaba, como un desfiladero en un terreno desconocido.»

            De todas las historias que habitan en estas páginas me quedo con la que plasma el paso de las estaciones, siempre iguales y siempre diferentes, como la descripción del glorioso otoño:


«A mediados de noviembre el cañón de Grana estaba abrasado por la sequedad y el hielo. Tenía el color ocre, de la arena, de la cerámica, como si los pastos se hubiesen incendiado y ya se hubiese apagado el fuego. En los bosques continuaba el incendio.»