dimarts, 7 de febrer de 2017

Héctor Abad Faciolice (2011), El olvido que seremos. Barcelona: Seix Barral. Primera edició 2005.


Mientras leía, a finales de 2016, el acuerdo de paz entre las Farc y el Gobierno de Colombia parecía otra vez encaminado, antes de la era Trumb. Espero que así sea.



No necesito ser convencida de la necesidad de rescatar del olvido a los que pagaron con la vida sus ideales de justicia social y democracia, pero la palabra ponderada con la que Héctor Abad resucita a uno de ellos, su padre, me conmueve. 

No sólo me emociona sino que también me ilustra. Habla directamente al corazón y a la razón y, antes de que lo revele, se adivina a través del poema de Borges del que toma el título que el verdadero tono, el verdadero ritmo, el verdadero modelo de esta elegía está en las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique. Allí también se mezclan emoción, historia y razón.

La palabra sabia de Héctor Abad Faciolice se encarga de hacernos recordar:

cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte,
tan callando;

Y como sigo mi oficio de rastrear metáforas encuentro tesoros como este:

“La memoria es un espejo opaco y vuelto añicos, o, mejor dicho, está hecha de intemporales conchas de recuerdos desperdigadas sobre una playa de olvidos.”

Fotografia de Toni Catany

HAF también rastrea con la escritura. Busca los orígenes de su vocación de escritor en el aprendizaje del alfabeto y los signos de puntuación en la atracción por la máquina de escribir de su padre “como un piano” y en los ejercicios que a modo de juegos le proponía.

Por esto este libro “una carta a una sombra” es la obligación moral de “extirparse un tumor” y de recrear el modelo de vida que le propuso su progenitor, un espíritu comprometido y libre.

El padre benevolente que no da lecciones sino que predica con el ejemplo y le deja como herencia una infancia y una juventud paradisíacas:

“…yo entendí, sólo mirándolo, viendo en él los efectos benéficos de la música y de la lectura, que en la vida todos podíamos recibir un gran regalo, no muy caro y más o menos al alcance de la mano:  los libros y los discos.”





Debe cumplir la misión de contar como su padre, médico ilustrado, murió contagiado de la peste que asolaba Colombia intentando combatirla: “el conflicto armado entre distintos grupos políticos, la delincuencia desquiciada, las explosiones terroristas, los ajustes de cuentos entre mafiosos y narcotraficantes.”

Siente la obligación de “poner en palabras la verdad, para que ésta dure más que la mentira.”

Y que:

“Los libros son un simulacro de recuerdo, una prótesis para recordar, un intento desesperado por hacer un poco más perdurable lo que es irremediablemente finito.”

Terminada la lectura me vienen a la memoria los últimos versos de la elegía de Jorge Manrique:

y aunque la vida murió,
nos dejó harto consuelo
su memoria.