dijous, 26 de setembre de 2019

John Banville (2019), El mar. Barcelona: Penguin Random House (Alfaguara) Traducción de Damià Alou 2006




El principio parece una obertura operística que describe la pleamar del día que los dioses desaparecieron de la vida del protagonista y me trae a la memoria los versos de Paul Valery.

Ce toit tranquille, où marchent des colombes,
Entre les pins palpite, entre les tombes;
Midi le juste y compose de feux
La mer, la mer, toujours recommencée!

Durante todo el relato no perderemos de vista el mar que acompaña con su presencia inquietante y atractiva el palpitante río de la vida, mientras que la trama se teje con un vaivén semejante al de las olas y, poco a poco, dibuja el panorama completo de las ausencias que marcan la vida de Max Morden, el protagonista y narrador.

No sé cuántas veces el texto recrea la llegada de las olas a la orilla de la playa, pero si que en cada ocasión lo hace de una manera diferente y adecuada a la emoción del momento, como en este caso justo antes de la muerte de la esposa, cuando ella ya le ha dicho que se ha detenido el tiempo.

«… ni un soplo de brisa movía la superficie del mar, en cuya orilla las pequeñas olas rompían en una línea apática, una y otra vez, como un dobladillo vuelto infinitamente por una costurera soñolienta.» P.201.

Se trata de unas relaciones sutiles, de pequeñeces que no son gratuitas; porque la orilla del mar es la que separa la vida de la muerte.

Otros detalles también tienen sentido como las frutas perfectas de la casa del suegro que revelan un rasgo definitorio del ambiente familiar: irreal-real. Por lo tanto, debo acoplar la lectura a la densidad de este mar profundo de escritura. 

Me fijo en los nombres propios cuando encuentro el juego de palabras con el doctor De’Ath y la palabra muerte en inglés: Death. Por ello sospecho que el nombre de Chloe, tan frecuente en Irlanda, no es casual sino que nos remite al descubrimiento del erotismo, con sus claroscuros, como es el caso aquí y en Dafnis y Cloe de Longo.

Pierre Bonnard, La dama con el perrro en el baño


Por otra parte, el arte condiciona la mirada del narrador que contempla la realidad como crítico, aunque diga que es diletante. De este modo, la mano de la esposa enferma se parece a la de la mujer del Desnudo en la bañera con perro de Bonnard, y la señora Grace está en la misma posición que la lechera de Vermeer. Pero esto no es todo porque la sensación de irrealidad de la tragedia también está contemplada desde este mismo ángulo:

«Todo lo que siguió a continuación lo veo en miniatura, en una especie de camafeo, o en una de esas imágenes panorámicas, vistas desde arriba, en las que los pintores clásicos, en un lugar que no era el centro exacto, representaban la escena de un drama con detalles tan ínfimos que apenas se notaban entre las extensiones azules y doradas del mar y el cielo» P. 186-187.

Me pregunto si esta sensación es la que ha querido plasmar en esta novela de duelo, pero también de preparación para la muerte.

Y aquí aparece la idea de que la creación sea literaria o artística, si lo he entendido bien,  es a la vez un exorcismo y una pequeña muerte que ilumina el camino de la definitiva y lo prepara. Quien crea, nunca acaba su obra, sólo la abandona, como decía Paul Valery y nos recuerda el narrador. Y mientras trabaja puede experimentar unas sensaciones de éxtasis que son como pequeñas muertes:

«… en mi escritorio, inmerso en las palabras, por mediocres que estas puedan ser, pues el mediocre está a veces inspirado, había sentido cómo rompía la membrana de la mera conciencia para acceder a otro estado, uno que no tenía nombre, en el que las leyes ordinarias no actuaban, donde el tiempo se movía de manera diferente, si es que se movía, donde yo no estaba ni vivo ni lo otro, y sin embargo mas vívidamente presente de lo que podía estar en lo que llamamos, porque debemos, el mundo real. (…) A lo mejor todo lo que nos ocurre en la vida no es más que una larga preparación para abandonarla» P. 79.

Este relato me prepara para adentrarme, acompañada de la belleza, en el mar.

dijous, 12 de setembre de 2019

Paolo Cognetti (2018) Las ocho montañas. Barcelona: Random House. Traducción de César Palma



El protagonista siente fascinación por la montaña, pero logra mantener una distancia que le permite no dejarse atrapar por ella: será el documentalista que narre la cara y la cruz de la experiencia de estar cara a cara con la naturaleza.

Al principio del camino todo es excitación y euforia:

«el sol de la mañana en las piernas desnudas me ponía la piel de gallina.».

 Después, se establece:

“una relación íntima y muda con el cansancio.»

 Y, en la cumbre, nos encontramos con el glaciar que:

 “es la memoria de los anteriores inviernos que la montaña cuida por nosotros.»


Allí se experimenta el imán de las alturas, la tentación de no volver a bajar que si has nacido para ser montañés, es muy intensa porque llega un momento en que sabe que se pertenece al mundo de las alturas:

«…una sensación de intimidad que, al mismo tiempo, me atraía y me asustaba, como un desfiladero en un terreno desconocido.»

            De todas las historias que habitan en estas páginas me quedo con la que plasma el paso de las estaciones, siempre iguales y siempre diferentes, como la descripción del glorioso otoño:


«A mediados de noviembre el cañón de Grana estaba abrasado por la sequedad y el hielo. Tenía el color ocre, de la arena, de la cerámica, como si los pastos se hubiesen incendiado y ya se hubiese apagado el fuego. En los bosques continuaba el incendio.»



dimarts, 3 de setembre de 2019

Theodor Kallifatides (2019) Otra vida por vivir. Barcelona: Galaxia Gutemberg. Traducción del griego moderno de Salma Ancira



Me apasiona la riqueza temática de esta obra: la función de la escritura y la relación con una sociedad en crisis, las relaciones entre literatura y cine, el sentido de pertenecer a un lugar, las migraciones y la hospitalidad.
Y me gusta especialmente como relaciona las anécdotas para llevarlas a categoría de símbolo. Así el suicidio del amigo y el del alacrán que se inocula su propio veneno se relacionan con el afán autoaniquilador de la democracia actual.
«Ciertas libertades democráticas me recordaban a ese alacrán. Son capaces de autodestruirse.» Pág. 61.
Hace falta valor para hacer esta afirmación, pero gracias a las analogías captamos la complejidad paradójica del asunto.
De todas formas, no se acaba aquí el valor simbólico del suicidio:
«La emigración es una especie de suicidio parcial. No mueres, pero muchas cosas mueren dentro de ti. Entre otras, tu lengua.» Pág. 73.
            Kallifatides escribe con una aparente sencillez y logra conmoverme al humanizar su entorno, como cuando afirma que «jamás había conocido un estudio desleal.»
Siento tan cercano el texto que me invita al diálogo.
            Desde la página 19, donde habla de cómo la literatura da forma a la vida de quien lee, no puedo evitar escribir al margen que con la lectura aprendemos a dar nombre y forma a los sentimientos. Hasta el final, cuando el regreso al pueblo natal abre la puerta de la escritura en lengua materna: la que siente antes que piense, la que palpita e intuye que brota de sus entrañas, la que es su verdadera patria. Continúo dialogando con el autor y digo: yo la llamaría matria. Gracias a ella, se ha producido el regreso a los orígenes: el nostos de los clásicos.
            Era necesario que leyera este libro, imprescindible.