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diumenge, 7 de febrer del 2021

Almudena Grandes (2020), La madre de Frankenstein. Barcelona: Tusquets



Esta vez el médico protagonista es un psiquiatra: Germán, hijo de un republicano que murió en la cárcel y que, gracias al padre, terminó su educación en Suiza. Ahora, en 1954, después de quince años, regresa a una España convertida en «feudo de un general fascista asentado sobre los hombros de la Iglesia Católica.» Pág. 358. 

Su mirada de extranjero capta inmediatamente que Madrid se ha convertido en «un animal raro, un monstruo sujeto a una metódica, fantástica metamorfosis.» Pág. 22. y que el manicomio de mujeres en el que ha venido a trabajar es «una miniatura patológica de un país enfermo.» Pág. 65. 

 Basten las tres citas anteriores para mostrar la capacidad expresiva de las imágenes a los que nos tiene acostumbrados Almudena Grandes. Su estilo puede ser un bisturí o una aguja de bordar pero siempre está al servicio de una narración rica y estructurada para atraparnos. 

La trama está construida sobre los pilares de tres voces narrativas: Germán, el psiquiatra que se enfrenta a las directrices de el caudillo de la psiquiatría; Aurora, la megalómana con manía persecutoria y María, una enfermera prodigiosa que sabe a yema de huevo batido con azúcar. Tres voces distintas con sus peculiaridades que nos ofrecen perspectiva diferentes y conjuntos de historias enlazadas que convierten la novela en coral. 

La entrada es magistral. Una música de piano que compite con el Ángelus del manicomio arrastra al protagonista hasta la anciana que la ejecuta y reconoce quién es. Los lectores no lo sabremos hasta la página 54. 

 Poco después, en la 76 otra gran incógnita se abre con estas palabras extraídas de la mente de Aurora: «Este hombre no puede ser español… ellos no me han olvidado, nunca han dejado de perseguirme y han vuelto. Es duro reconocerlo pero, por lo que se ve, sacrificar a mi hija no sirvió de nada.» ¿Por qué sacrificó a su hija esa mujer que experimentó con ella como el doctor Frankenstein con su criatura? ¿Cómo puede ser que esta señora que regala a German una alegría extinta sea un monstruo? Pero otras preguntas se cruzan por la mente del lector: ¿Conseguirá Germán permanecer en España y liberar la psiquiatría de sus caudillos? ¿Su amor por María tendrá un final feliz? Y así vamos leyendo sin tregua, deteniéndonos en momentos en que una comparación, un símbolo, una evocación, una escena, un personaje, un rasgo de carácter o un fragmento de diálogo que nos ponen delante de un espejo, nos hacen sonreír, llorar o reflexionar. 

 No todas las preguntas tienen respuesta simple, pero la novela se cierra bien porque el objetivo no es solventar todas las dudas sino retratar la «España viva y siempre noble» y dejar constancia de que: «El sueño de la razón produce monstruos.»



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