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dilluns, 2 de novembre del 2026

Julio Verne (1963) El Rayo Verde. Barcelona: Editorial Molino


Al releer  mi novela favorita de Julio Verne he revivido el fin de mi infancia.

Recordaba el argumento y los personajes, sobre todo a Aristobulus Ursiclos; pero no esperaba que ese tipo ridículo se me revelara como una parodia del propio Verne. Mejor dicho, de la parte más científica del autor de Nantes que, como narrador, se recrea en divagaciones técnicas igual que su personaje.

«En efecto, según las observaciones de Humboltz, de acuerdo con los experimentos de Bischof acerca del enfriameinto del basalto, que necesita dos mil grados para fundirse, ha durado aquel enfriamiento un periodo de trescientos cincuenta millones de años...»

Y en el párrafo siguiente apostilla:

«Si Aritobulus Ursiclos se hubiera encontrado allí habría tenido asunto para alguna luminosa disertación sobre los fenómenos de la historia geológica.»

Justo lo que acaba de hacer.

Tampoco me esperaba la cantidad de referencias literarias i artísticas de la que está plagada la novela. Desde la herencia de Dickens que usa para caracterizar a los tíos de la protagonista, hasta las continuas citas poéticas sean de bardos escoceses o del inevitable Wordswoth:

 «Cuando el cisne nada, nadan dos; el cisne y su sombra.» 

Ahora entiendo que las dicotomías: romanticismo/ positivismo y arte /ciencia constituyen el eje temático central más allà de la historia folletinesca de la joven huérfana que, en la Escocia del siglo XIX, consigue casarse por amor con su heroico galán, mientras viaja para contemplar el misterioso rayo verde que yo todavía persigo. 

La prosa de Jules Verne me continúa seduciendo y he gozado de sus metáforas eruditas como la que hace alusión a la gesta de Jean-Baptiste Biot y François Arago para completar la medición del meridiano de París y calcular el tamaño justo de la medida de longitud del metro. 

Así la contemplación expectante de una puesta de sol que puede terminar con la visión del rayo verde se describe como:

«Todos seguían con la vista sus últimos rayos.

Así espiaba Arago, instalado en los desiertos de Palma, en la costa de España, la señal de fuego que debía aparecer en la cúspide de la isla de Ibiza y que le permitiría cerrar el último triángulo de su meridiano.»

Para cerrar mi particular meridiano me queda el deseo de regalar El raig verd a mis nietos en catalán.  

Les machines de Nantes



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