dimarts, 6 d’agost de 2013

Donna Leon, Muerte en la Fenice, Muerte en un país extraño, Vestido para la muerte. Barcelona: Booket

Venecia imprime carácter a esta serie de novelas de serie negra.

Ciertas analogías captan este carácter como una gota de ámbar atrapa un insecto.

"Dejó la cartera en el asiento de al lado, la abrió, metió la mano en el bolsillo interior y sacó una de las bolsas. Con cuidado, tocando sólo una punta, pellizcó la pestaña del cierre para abrir la bolsa y volviéndose de lado, para admirar la fachada del Museo de Historia Natural, sacó la mano por la borda y arrojó el polvo blanco a las aguas del canal. Guardó la bolsa vacía en la cartera y repitió la operación con la otra. En la edad de oro de la Serenísima, el dux celebraba anualmente una fastuosa ceremonia durante la cual arrojaba un anillo de oro al Gran Canal, para solemnizar el casamiento de la ciudad con las aguas que le daban vida, prosperidad y poder. Pero nunca, pensó Brunetti, en lugar alguno, se había ofrendado voluntariamente a las aguas una riqueza comparable." Vestido para morir:
P. 97. 
La preocupación ecológica del comisario se suspende en el momento de tirar la cocaína a la laguna y él, como remedo del dux, no es más que otro indicio de la decadencia de Venecia: en el matrimonio con la ciudad, ahora, las arras son droga.

"Brunetti (...) solía ir a Giudecca en julio, con motivo de la Fiesta del Redentor, que conmemora el fin de la peste de 1576. (...)
Mientras el barco 8 chapoteaba en las rizadas aguas, el comisario contemplaba desde la cubierta el lejano infierno industrial de Marghera, donde las chimeneas expulsaban gruesas nubes de humo que, lentamente, cruzarían la laguna para cebarse en el blanco mármol de Istria, y se preguntaba qué divina intercesión podría salvar a la ciudad de la capa de aceite, esta plaga moderna que cubría las aguas de la laguna y que ya había destruido millones de los cangrejos que se arrastraban por las pesadillas de su infancia. ¿Qué Redentor podría proteger la ciudad del velo de humo verdoso que, poco a poco, convertía el márbol en merengue? Hombre de fe limitada, Brunetti no veía salvación alguna, ni divina ni humana."  Muerte en la Fenice: P. 116-117


La amenaza que se cierne sobre la ciudad la embellece, así como la brevedad de la vida impulsa a disfrutar de sus goces.

"Al igual que otros muchos venecianos, Brunetti palpitaba con la ciudad. A menudo, inesperadamente, le llamaba la atención una ventana en la que hasta entonces no había reparado, o un arco relucía al sol, y él se sentía vibrar en respuesta a algo infinitamente más complejo que la belleza. (...) Cuando estaba fuera, echaba de menos la ciudad de un modo parecido a como echaba de menos a Paola, y sólo aquí se sentía completo y satisfecho." Vestido para morir: P. 46-47.



Pinturas de Ernest Descals

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