dimecres, 22 de febrer de 2017

Martín Casariego (2016), Como los pájaros aman el aire. Madrid: Siruela (Nuevos Tiempos)


Si quieres oír el canto de los pájaros, no compres una jaula, planta un árbol.

Si tu vida es “de plástico” huye del confort de una vida burguesa, instálate a lo hípster en una buhardilla de un barrio como Lavapiés y enfoca tu existencia desde el objetivo de una cámara de fotos.


Si no encuentras “el amor de tu alma”, recítate el Cantar de los Cantares, el poema del amor que ni se crea ni se destruye siguiendo las leyes de la “física sentimental”.

Estamos ante un delicado libro de amor que tiene un aire del cine de la nouvelle vague.

La fotografía y la  literatura se retroalimentan. Lo mismo puede decirse de todas las artes, pero la inmediatez de la instantánea y la tecnología actual facilita la simbiosis. Como mínimo tres elementos permiten esta analogía: el punto de vista, el filtro o tono y el afán de rescatar joyas del olvido de entre la vorágine temporal que nos acecha:

“Al fotografiar aquellos lugares sentía, como un aguijonazo cruel, cómo todo pasaba y nada volvía, cómo somos figuras de papel a merced del viento.” P. 102

Fotografia de Kylli Sparre

Pero el viento parece calmarse, un pájaro canta en la rama, el amor hace prisionero al protagonista que no sabemos si lograra superar las duras pruebas a las que le somete su cárcel de amor.

Entonces, los versículos bíblicos que brotan en el texto parecen jarchas incrustadas en una moaxaja.

¡Qué bella eres, amada mía, qué bella eres! 
¡Palomas son tus ojos!


Porque él la quiere “como los pájaros aman el aire”.

No podía dejar de leer un libro con imágenes potentes y originales que captan como buenas fotografías los estados de ánimo:

“El color alegre de mi rotulador me infundía algún ánimo, como una esponja mojada en los labios de un sediento.” P. 25

Y, para terminar como empecé, una con pajarito:

“Vagabundeé por aquel barrio feo y marginal, sacando fotografías de lo que me llamaba la atención. Me gustó una de ellas, la de un gorrión posado en le cochecito vacío de un bebé.” P.161

Espero que no aparezca un ballestero con flechas de muerte.

¡Déle Dios mal galardón!