dimecres, 30 de setembre de 2015

Salvador Oliva (2015), La rehumanización del arte. Salamanca: Zarcillo



Los libros siempre han sido mi mejor juguete y con esta colección de artículos de ética y estética he jugado a regresar a la Facultad de Filología de la UAB de la década de los 70.

Han vuelto a mi memoria las clases de Sergi Beser, Jordi Castellanos, Joaquim Moles, Arnau Puig, Juan Manuel y Alberto Blecua, Francisco Rico, Carme Riera, José Carlos Mainer, Joan Albert Argente, Aurora Egido, Enric Sullà y Antoni Marí.

Allí se despertó mi interés por los aspectos teóricos de los libros que devoraba. Allí el manual de teoría literaria de Wellek y Warren convivía con Dinámica de la poesía de J. Ferrater, Jackobson y los formalistas rusos se alternaban con  Ortega y Gasset. Allí leí  La deshumanización del arte con sus metáforas: vigorosas, lúcidas y, si te descuidas, tramposas, porque "las imágenes nunca son neutras".

De acuerdo con el maestro Salvador Oliva, distanciarse de la obra de arte no significa deshumanizar y es un placer "revolcarse" en la realidad y, a la vez, gozar de la forma cómo se plasma la ficción. La forma y el fondo se funden en la obra de arte.

En aquellas aulas, pasillos y bares, aprendí a romper dicotomías, a ser sensible a la belleza estética y a gozar del placer del conocimiento.

Para terminar, una muestra de cómo esta lectura ha despertado mis recuerdos.

Leo:

"...los únicos que pueden creer que la finalidad de la literatura es la de comunicar ideas son aquellos que, como decía Galileo, "non hanno mai saputo eramente come è fatto el sapere" es decir: los que nunca han tenido ideas, los tartamudos intelectuales." P. 32.

Revivo la siguiente situación:

Un grupo de estudiantes estamos frente al Monasterio de Sant Cugat. Nos pasamos esta imagen de una escultura de Brancusi en el libro de Gillo Dorfles: Últimas tendencias del arte de hoy, recomendado Arnau Puig.



En el pie de la foto el autor sentencia: No significa nada pero comunica mucho.

Las risas se oyen en toda la plaza Octavia y, desde entonces, esta frase queda como una muletilla para burlarse de las "tartamudeces intelectuales".



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