«Tensar el cable del recuerdo» es una de las tareas de quien escribe. Así fue antes de Proust y así será después de Barnes. Pero, en el caso de este último, la tensión viene acompañada de una paradójica distancia irónica.
«...los recuerdos se despliegan ahora ante él como estos pedacitos de papel que, a la manera tradicional japonesa, se despliegan al sumergirlos en agua y se convierten en flores.»
Una imagen un tanto naive que nos remite a la artificiosidad acartonada de los recuerdos recuperados de forma espontánea o condicionada.
Quien escribe, además, tiene las mañas de un vampiro que se nutre de la sangre de sus víctimas, aunque, en ocasiones, alguien le ofrece voluntariamente una historia real que juzga que es digna de ser contada. Pero... «Esto no funciona así», dice Barnes. Estoy de acuerdo porque:
«Yo escribo sobre todo ficción, lo cual requiere que la vida se someta a un lento compostaje para convertirse en material utilizable, y en ese primer momento no tengo idea de qué podrá transformarse o no en potencial narrativo.»
Seguidamente nos habla de paradójica historia de Stephen y Jean que es el núcleo narrativo de esta peculiar despedida. A medida que leo, o mejor dicho converso con el autor, mis recelos sobre la «verdad» de esta historia aumentan; pero esto no me importa en absoluto, incluso me divierte intuir como mueve los hilos el hábil recreador de recuerdos.
«la vida y la memoria pueden ser muy... quijotescas, ¿no crees?»
Sí, lo creo, porque lo que deseo es que continue la conversación con el narrador y que juntos observemos y reflexionemos.
Nunca había tenido tu mano en mi antebrazo, nunca me habías pedido que no dejara de mirarte-leerte. Sí, parece una despedida, aunque el uso del plural en el título me hace pensar que quizá este libro que tengo entre las manos no sea más que uno de los pedacitos de papel que se convierten en flores y que otro le seguirá.

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