dimarts, 9 de juliol de 2019

Ian McEwan (2011) Solar. Barcelona: Anagrama (Panorama de narrativas 771)


             
Lección magistral de ironía inteligente. 

Tres años: 2000, 2005 y 2009. Tres hitos que condensan la vida de Michael Beard, un personaje brutal, que tiene algo más que claroscuros; aunque esté iluminado por focos de inteligencia, poder y gloria patriarcal que lo convierten en atractivo. Un personaje que, casi por casualidad, se va a convertir en defensor de la energía solar para evitar “la consunción del mundo” por decirlo en palabras de la cita de John Updike que se utiliza como lema. Un personaje monumental que no se conforma con sólo seguir siendo alguien, años después de ser “asperjado con el polvo mágico de Estocolmo". Un pícaro que juega bien sus cartas y que no desperdicia oportunidades, un ingenioso e imaginativo cautivador que exprime la vida sin miedo a los efectos colaterales, un depredador holgazán que no para quieto y que no tiene remilgos: un desastroso genio.  

«—¿Energía solar?—dijo Beard suavemente. Sabía perfectamente de qué se trataba, pero aun así la expresión poseía una dudosa aureola semántica, una invocación de druidas new age bailando con túnicas alrededor de Stonehenge al anochecer del solsticio de verano.» P. 39.

Los personajes femeninos forman una especie de corte alrededor de esta variante de donjuán cautivada por el destello de sus luces. El lenguaje estereotipado de cierto feminismo y el fondo relativista que domina buena parte del mundo académico no quedan exentos de la mirada satírica que domina la narración y que se refleja en ciertas analogías que me parecen motores simbólicos del texto. 

Veámoslo en tres ejemplos:

1.- El trastero desordenado del refugio del Polo Norte es semejante al desorden energético en el que vivimos:

«¿Cómo iban a salvar la tierra (…) si era mucho más grande que el trastero?» P. 104.

2.-La lluvia desperdiciada es como la energía no usada de los fotones del sol.

«La lluvia es nuestra luz solar…» P. 42.

3.- La parábola de las patatas fritas que ejemplifica el deseo urgente que no admite espera y que convierte al individuo en depredador.

«…un microcosmos de todas las locuras y errores del pasado, de aquella impaciencia suya de obtener al instante lo que deseaba.» P. 156.

La variedad de procesos metafóricos teñidos de ironía es amplia. Me limito a señalar la personificación de algunos electrodomésticos y a citar cómo se abre la puerta de la nevera para el  glotón:

«Se abrió, invitadora, con un suave sonido de succión, como un beso.»P. 273.

No puedo terminar sin celebrar el principio de la segunda parte de la novela con la descripción de Londres desde un avión. Lo universal y lo particular, lo macro y lo micro se implican y generan, otra vez, una analogía potente que culmina al final de la escena:

“Cómo, se preguntó Beard cuando el avión abandonó por fin la cresta sobre un terraplén de tangente cerrada y enfiló hacia el norte del Támesis para iniciar el descenso, cómo podríamos empezar algún día a refrenarnos? Desde aquella altitud parecíamos un liquen que se expande, un florecimiento devastador de hongos, un moho que envuelve una fruta blanda: éramos un éxito absurdo. ¡Viva las esporas! P. 143.

            Y en el fondo, como siempre en McEwan, un toque de poesía que incide de lleno en el tema: aquí la luz de Milton.

«…aunque la luz celestial brilla dentro y la mente con todos sus poderes
disipa, le confiere ojos, toda la niebla interior purga y dispersa para que yo pueda ver y hablar
de cosas invisibles a la visión mortal.»
P. 252.

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